lunes, 21 de mayo de 2012

Una nota nunca publicada

Terrorismo y literatura

Un programa del Departamento de Defensa estadounidense pone a militares a estudiar la Poética de Aristóteles y otras teorías literarias. Entendiendo los mitos que dan sustento simbólico a grupos terroristas como Al-Qaeda, piensan desentrañar sus relatos y así anticipar los pasos que, tras la muerte de Bin Laden, tomarán de aquí en más.


Osama Bin Laden ha muerto. Eso dicen. Fue entregado al mar para que no pudiera erigirse en algún lugar un nuevo mito. Tal como pudo pasar con Hitler y Presley, y no ocurrió así con Gilda y el Potro Rodrigo. Esa estrategia, no obstante, habilita un mundo de versiones, relatos y teorías conspirativas. Y todo esto lo sabe muy la inteligencia estadounidense. Se pueden enumerar infinidad de documentales y epopeyas cinematográficas hasta la publicación de todo tipo de textos sobre el fundamentalismo, sobre el choque de culturas y, cuándo no, sobre el propio Bin Laden. No siempre la lucha simbólica se da desde la construcción de un relato y en un territorio que les será próximamente fiel, es decir, lo que podríamos llamar “Occidente”. Otra pata del portaviones es deconstruir y desentrañar los símbolos y los mitos de eso que nos resulta lejano, ajeno y extraño. Eso que, visto desde nuestra periferia, es un paquete que incluye Afganistán, Irán, Pakistán, etc., etc. Para una empresa como la estadounidense, el dominio territorial no puede olvidar un dominio sobre la narración de la historia, especialmente en el territorio conquistado.

“¿Por qué al gobierno estadounidense le preocupa la narración de historias?”, es lo que se preguntó hace unas semanas The New Yorker en relación con un curso que dictó en febrero último la Agencia de Investigación de Proyectos Avanzados de Defensa (Defense Advanced Research Projects Agency – Darpa) del Departamento de Defensa de Estados Unidos. De ese programa llamado “Historias, neurociencias y tecnologías experimentales: análisis y descomposición de narraciones en contextos de seguridad”, cuya abreviación en inglés es STORyNET, participaron desde filólogos computacionales y neurocientistas hasta psicólogos, comunicadores y militares. A priori, podría pensarse que se trata de cómo contrarrestar las teorías conspirativas que andan dando vueltas por la web. Pero es mucho más que eso. Con este programa, los servicios militares buscan anticipar ataques o bien ganarles la guerra simbólica a enemigos como los talibanes o al-Qaeda a través de las narraciones mítico-propagandísticas. Del primer curso participaron 84 expertos. En abril hubo un segundo curso “Redes narrativas – La neurobiología de las narraciones” y en adelante se esperan otros tantos, más ahora que en las últimas horas Al-Qaeda lanzó metáforas como “sus alegrías se van a convertir en tristezas y su sangre se va a mezclar con sus lágrimas”. Estos cursos intentan dar respuestas a preguntas como: ¿qué rol juegan las historias en la violencia política?, ¿cómo operan las historias en los procesos de radicalización política?, ¿las narraciones modulan las hormonas humanas o la producción de neurotransmisores?, ¿de qué manera impactan las narraciones en la neurobiología para que un individuo se sienta parte de un grupo terrorista?, ¿hay diferencias culturales en la neurobiología de las narraciones?, ¿las narraciones influyen en la neurobiología del juicio moral?, ¿cómo afectan las narraciones el sentido de culpa e inocencia? Todas preguntas muy ambiciosas desde cualquier disciplina.

Este programa del Departamento de Defensa estadounidense se complementa con otras acciones más penetrantes en la guerra de las ideas. Desde el año 2006, hay un equipo de difusión digital (Digital Outreach Team) que se ocupa de interactuar en blogs relevantes en países como Pakistán o Afganistán y discutir en su idioma sobre la política exterior estadounidense. En el campo de los social media también existe un programa llamado Operación voz más confiable (Operation Earnest Voice) que, a través de múltiples identidades, se mueve por Facebook y otras redes para desmentir teorías conspirativas o desinformaciones. Estas estrategias son efectivas parcialmente. En el caso de Afganistán, el 72 por ciento de su población es analfabeta. Esto quiere decir que su comunicación es fundamentalmente oral y que es allí donde deben encontrarse los mensajes “secretos”. Por esos pagos, la oralidad es el medio principal de transmisión de las tradiciones y las costumbres que se enraízan en los mitos. De esta distancia respecto de la cultura hiperdigital del Occidente norteamericano también es conciente el Departamento de Defensa. Por ello, ya ni siquiera alcanza con minar los medios de comunicación, sino que hay que interiorizarse en eso que se suele llamar “la lucha cósmica”, es decir, los mitos y narraciones sobre los que se funda el terrorismo.

Podría decirse que estos programas de defensa tienen su origen en un artículo científico intitulado “Storytelling and Terrorism: Towards a Comprehensive Counter-Narrative Strategy” (“Narración y terrorismo: hacia una estrategia para las contra-narraciones”) publicado en el año 2005. En él, se propone una teoría que revela cómo se podrían desenmarañar las narraciones en los que se arraiga el terrorismo (o los ataques terroristas). Si no fuera porque dicho artículo fue publicado en la revista electrónica Strategic insights, revista del Centro de Conflicto Contemporáneo de la Escuela Naval de Posgrado de Monterrey, California, su título podría remitirnos al mundo universitario de las letras. Pero no. La vuelta de tuerca es que son marineros estudiando teoría literaria. Lo cierto es que efectivamente dicho artículo trata de teoría literaria (citan a Aristóteles, se refieren a estructuras del relato como las de Propp o al triángulo de Gustav Freytag) y está dirigido a militares. Este menjunje (o interdisciplinariedad como se suele decir hoy) agrega además lecturas sobre la historia, la psicología y las neurociencias. Sí, al fin de cuentas es un problema de índole celular el porqué un terrorista piensa como piensa. Lévi-Strauss debe estar festejando desde su tumba que, finalmente, el imperio aceptó que existen estructuras mentales universales y que ellas anidan en los mitos. Este artículo, por último, enlaza los ciclos de vida de los grupos terroristas (gestación, crecimiento, madurez) y las narraciones que les dan soporte simbólico. En otras palabras, el servicio de inteligencia interpreta los mitos de, por ejemplo, Al-Qaeda, para saber y develar cuál es el origen, cuál la evolución y cuáles los senderos a seguir de aquí en adelante.

Con la muerte de Bin Laden, proliferan todo tipo de relatos y desde cualquier esquina del mundo. Cada cual, a su manera, es un narrador. Pero no todos son terroristas (o sí lo son en potencia). La Defensa de EE.UU. deberá multiplicar sus fuerzas literarias para anticipar, predecir y evitar que los mitos redentores de los terroristas se vuelvan realidad. Ahora, más que nunca, cuando un mito ha caído para que surjan otros.






Si quieren los links, me avisan.

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